Especial persones refugiades

Col·laboracions

Segons informa la Comissió Catalana d’Ajuda al Refugiat, més de 70 milions de persones s’han vist obligades a fugir dels seus països d’origen per la guerra, els contextos violents, l’emergència ambiental, la persecució política, per raons de gènere o culturals, la seva orientació sexual o religió.

Víctor Godino ens ha fet arribar l’article per aquest ESPECIAL PERSONES REFUGIADES d’Infograma. En Víctor és colomenc i membre de l’ONG també colomenca Brigada Stanbrook. L’entitat va ser creada el 2017 per un grup de joves de la ciutat que van unir-se amb la fi de millorar la qualitat de vida de les persones refugiades que malviuen des de fa anys a Atenes. En aquest relat, escrit en primera persona, podem conèixer de primera mà el periple d’un jove refugiat. FOTO: Pilar Revilla, SOS Refugiados descargando alimentos en el campo de refugiados de Malakasa .

Esperando en la oscuridad

Desgraciadamente, esta historia está basada en hechos reales.

“Tengo 19 años, dejé mi país hace cinco, y estoy solo. Me están robando mi juventud, me han robado mi dignidad y me han robado a mi familia. Antes tenía un hogar, bastante lejos de aquí, a las afueras de Aleppo (Síria). Entonces no era consciente, pero allí era feliz.

Una noche no nos quedó otra que correr. Mi padre empujando la silla de ruedas de mi abuelo, y mi madre, mi hermana y yo cogiendo todas las pertenencias que pudimos. El frente de guerra hacía días que no paraba de acercarse a nuestro barrio y no nos quedó otra que marchar hacia el cruce de la carretera nacional, en dirección opuesta a las bombas y tiros, dónde las familias se amontonaban para subirse a uno los improvisados transportes con los que se negociaba para salir de allí dirección a la frontera turca. Tardamos días en hacer un trayecto que normalmente se hacía en horas. Controles militares interminables, mafias que se aprovechaban del caos para cobrar “peajes económicos” a la gente… Si no tenias dinero te obligaban a dar media vuelta, en dirección a las bombas. Y claro, todo el mundo hacia lo que fuera por tener algo de dinero. Lo que fuera.

Cuando conseguimos cruzar la frontera con Turquía, me sentí aliviado. Sabíamos todo lo que dejábamos atrás, pero nuestro pasado había quedado enterrado bajo las bombas y solo podíamos soñar con un futuro mejor. Lo que no sabíamos en aquel momento era que aquella frontera sólo era la primera que tendríamos que superar, pero si sería la última que viese a mi familia unida.

Pasamos muchos días caminando en dirección a donde nos empujaban las decenas de unidades policiales antidisturbios que nos encontrábamos por las carreteras y caminos turcos. No nos daban ninguna explicación, ni ayuda, ni solución. Únicamente nos obligaban a seguir caminando en aquella dirección, hacía el oeste. La situación era insostenible. Mi abuelo en silla de ruedas, empujado por mi padre, y el resto de la familia cargando con nuestras pertenencias. Nos robaron unas cuantas veces por el camino así que, nuestras pertenencias cada vez pesaban menos.

No podíamos más, y aquel frío otoño no salía de nuestros cuerpos. Un hombre se acercó y le ofreció a mi padre transporte hacía el oeste. Aquel tipo prometía Europa y no tener problemas con la policía a cambio de una cantidad de dinero bastante elevada. Y nos lo creímos. Aquel viaje en furgoneta cruzó una decena de controles policiales que superamos con facilidad ya que parecía ser que nuestro interesado conductor conocía a cada uno de los agentes que se imponían en nuestro camino. Era la única promesa que aquel tipo cumplió, ya que el viaje no acabó en Europa, si no a las afueras de un pueblo costero turco donde cientos de familias como la mía dormían en campamentos improvisados y en condiciones inhumanas. ¿Y qué hacía la gente allí? Esperar. Esperar a que otros tipos te diesen la oportunidad de subirte a un bote y continuar tu camino cruzando el mar Egeo a cambio de otra suma elevada de dinero. Solo te decían que tocaba esperar. Podían avisarte mañana, en una semana o en un mes, pero había que estar preparados.

Estuvimos preparados durante meses, deseando coger esa barcaza dirección a Europa. La espera fue horrorosa, y las historias que explicaban las personas que la vida había hecho que su bote diese marcha atrás no ayudaban. Explicaban historias terribles, de cómo las patrullas fronterizas griegas les disparan alrededor de la lancha, o como intentaban hacerles volcar y solo tenían la opción de dar media vuelta. Algunos otros se habían quedado sin combustible a medio viaje y la deriva les había hecho volver a Turquía. Aquellas historias de miedo y muerte, la espera y el frio imperante eran un horror y nos hacía conscientes del peligro que entrañaba cruzar aquel mar, pero dar media vuelta aún era más peligroso.

Situación de muchas partes de la costa de las islas griegas (Imagen sin derechos de autor)

Una madrugada, uno de los tipos se acerco a nuestra tienda improvisada y nos apresuró a que cogiéramos las cosas y le siguiéramos. A las afueras del campamento, varios centenares de personas se amontonaban delante de unos autobuses, donde otros tipos ordenaban a la gente que se subiera a uno o a otro vehículo. No importaba si tu madre estaba en uno, y a ti te obligaban a subir a otro. La primera vez te decían las cosas mal, si intentabas quejarte, cambiar de autobús o dar marcha atrás las maneras empeoraban considerablemente. Solo podías cumplir órdenes. Este fue el último momento en que les vi. La multitud nerviosa que esperaba a subir a los autobuses empujaba, y a mí me obligaron a subir a uno diferente al que estaba mi familia. No los he vuelto a ver más.

Nos llevaron a unos 20 kilómetros de allí, a través de dos controles policiales que cruzamos sin ningún tipo de problema. En la playa a la que llegamos esperaba un bote, donde cabrían unas 25 personas. Los mafiosos consiguieron que el medio centenar de personas del autobús cupiésemos en él. Y empezó el infierno. El frío aumentó y las olas del mar no paraban de comprometer nuestra embarcación. Pasaron unas horas entre peleas de mis compañeros de viaje y desesperación. Un anciano, víctima de la hipotermia, no pudo más y se apagó. A lo lejos, como en las películas que de pequeño veía en el centro social de mi barrio de Aleppo, aparecieron fragatas de guerra y embarcaciones de la patrulla fronteriza griega. Aquel punto marítimo era la frontera y aquel despliegue era la bienvenida que la Unión Europea tenía preparada para nosotros. No sé si estaban locos, si no veían las familias con niños y bebés que había en la barca o si les daba igual, pero se dirigieron hacia nosotros a gran velocidad, intentando que las olas que creaban a su paso hicieran tumbar nuestra barcaza. Y casi lo consiguen. En ese momento recordé las historias que contaban los refugiados en el campamento turco, dónde los militares griegos solo ponían fin a su acoso y humillación una vez la barca había cambiado de rumbo y daba marcha atrás. A gritos, entre la multitud y el caos que reinaba en la embarcación, me dirigí al refugiado que llevaba el timón y le convencí que no diese marcha atrás. Si seguimos quizás moriremos, pero dar marcha atrás sí que es una muerte segura. Entre un futuro incierto y la guerra, continuar adelante era la única opción.

Aún no sé cómo pero después de mucha tensión conseguimos cruzar aquella línea militar imaginaria y divisar la costa. Nos encontrábamos cerca de aquel continente soñado, pero la barca nos regaló otro golpe de realidad y los motores decidieron pararse. Se había agotado el combustible. Estábamos a la deriva, y en manos de la marea. Nadie nos ayudó. Ningún barco militar, ni ninguna patrulla fronteriza acudieron en nuestro auxilio. Fue la marea la que afortunadamente nos acercó a tierra firme. No sabíamos exactamente dónde nos ubicábamos, pero la bandera que se divisaba en lo alto de un cerro anunciaba que estábamos en Grecia. Parecía el paraíso, pero pronto descubriríamos que aquel era otro infierno.

La policía no tardó en aparecer en la playa donde aquel bote que la mafia turca nos había alquilado llegó a duras penas. Tras horas de detención en la misma arena, sin agua ni alimento, nos informaron que estábamos en la isla de Lesbos y que nos conducirían al campo de refugiados de Moria. Y allí nos llevaron. Un infierno de tiendas y plásticos, al triple de su capacidad y en unas condiciones infrahumanas. Suciedad, hambre y miseria en estado puro, en el corazón de Europa. La verdad que no imaginaba así a este continente.

Las siguientes semanas las pasé esperando. Esperando en la puerta del campo para comprobar si mi familia había conseguido cruzar el Egeo y se encontraba entre las nuevas llegadas. Esperando que alguien pudiera dejarme un teléfono con internet para comprobar si mi padre me había escrito un correo electrónico. Esperando a que abriese la oficina de la ONU para registrarme como solicitante de asilo. Esperando, siempre esperando. Y mientras tanto, miseria y soledad.

Mi historia en el campo de Moria no duró mucho. Al cabo de unas semanas un incendio lo arrasó, incluidas las pocas pertenencias que tenían las miles de personas que se amontonaban, y no nos quedó otra que dormir en la misma calle, en una zona industrial cercana. Hasta que llegó la policía, y de muy malas maneras nos volvió a introducir en autobuses. Unos para familias y otro para hombres sin acompañante. A mí, con 20 años y sólo en este mundo, me tocó en los segundos. El destino fue la calle, pero no la de Lesbos, si no la de Atenas. Sin ninguna explicación, después de horas de autobús y ferry, la policía nos soltó en una céntrica plaza de la capital griega y se desentendió de nosotros.

Situación actual de la Plaza Victoria de Atenas, con decenas de familias durmiendo en la calle. Autor: SOS Refugiados)

Me encontré en una capital europea desconocida para mí, dónde hablaban un extraño idioma. Estaba sólo, sin poder trabajar ni estudiar y sin dinero. Seguía sin noticias de mi familia y me pasé horas, días, deambulando sin saber qué hacer. La oficina de ACNUR (agencia de la ONU para los refugiados) solo me decían que esperasen, que cuando acabasen los trámites burocráticos quizás podría recibir alguna ayuda aunque me avisaban que el proceso podría durar meses. La espera no acababa y mientras tanto malvivía por las calles o en edificios abandonados. No tenía perspectiva de futuro y tampoco podía hacer nada en el presente. Estaba sin opciones, en un país desconocido y sin ningún apoyo.

Uno de esos largos días, por casualidad, pasé por delante de un local dónde repartían bolsas de comida a la gente que esperaba en una larga cola. Presentí que eran de las Naciones Unidas o una organización por el estilo, pero hubo algo que me desconcertó. A través de la reja verde abierta por la que no paraban de salir bolsas llenas de alimentos, una cara me resulto conocida. Aquel chico árabe que repartía bolsas lo conocía de mi época turca. ¿Qué hacía allí? No tenía sentido. Me acerqué, le saludé y me dedicó una amable sonrisa. Sin duda era él.

Me esperé unas horas hasta que el reparto de comida al que acudieron cientos de personas terminó, y pude hablar con él. Me explicó que llegó por tierra a Grecia, cruzando la frontera cercana a Salónica y que la policía le había arrastrado hasta la capital. Después de días sin hacer nada descubrió aquel almacén con las rejas verdes y una gente que allí trabajaba le pidió si les podía echar una mano. Eran una organización del estado español, se llamaban SOS Refugiados y se dedicaban a recoger comida en su país y enviarla a Grecia para ayudar a las personas refugiadas. Eran personas normales que habían decidido ayudar voluntariamente. Su amigo le presentó a la coordinadora del proyecto y ella le pidió si podía venir al día siguiente. Necesitaban su ayuda.

Al día siguiente allí estuve. Llegaba un camión del puerto cargado con 30 palets de comida que venían de Barcelona. Fueron horas de intenso trabajo, pero afortunadamente aquel día pude llevarme algo decente a la boca, y más importante aún, conocí a las primeras personas en Atenas. Al menos, ya no estaba completamente sólo.

SOS Refugiados repartiendo caramelos a niños del campamento de refugiados de Malakasa (autor: Víctor Godino – SOS Refugiados)

Aquel fue el primer día de muchos en los que he ayudado a esta gente a repartir comida tanto en el almacén como en campos de refugiados de los alrededores de Atenas dónde se hacinan miles de personas que, como yo, huyen de la guerra. Y aquí sigo. Colaborando con SOS Refugiados y esperando a que termine ese proceso burocrático lleno de promesas y decepciones. Esa es mi vida. Si no fuera porque diariamente tenemos la labor de repartir más de 2000 kg de alimentos tendría los días completamente vacíos y me sentiría como cuando llegué, en la calle y solo. Le debo mucho a esta gente altruista que se deja la piel para hacernos llegar comida a los que huimos de la guerra. Me han dado una ocupación y su amistad. Y no me han pedido nada a cambio.

La espera no ha acabado. He conseguido un techo donde cobijarme junto a 9 jóvenes en mi misma situación y la miseria sigue, pero por lo menos no me siento solo. Sé que si un día tengo un problema puedo acudir a ese almacén y ellos me ayudarán. Sé que si un día estoy triste o sólo, mis amigos me escucharán. Sé que si un día algo malo me ocurre, ellos notarán mi ausencia y me buscaran. No sé qué haría sin ellos ni sin su ayuda.

Sigo esperando. Ser refugiado significa esperar. Un plato de comida, un trámite burocrático, una redada policial. La verdad es que somos miles de personas en Europa a las nos han robado la vida y solo nos dicen que esperemos. Ningún gobierno nos ha ayudado, y la agencia de la ONU para los refugiados solo me dice que espere. Mientras llega el no sabemos que, no importa si no tienes comida para tu familia o si el duro invierno griego hace que dormir en la calle sea una pesadilla. Tienes que esperar. Y así llevamos demasiados años, esperando en medio de la pesadilla.”


Ésta historia es ficticia, pero desgraciadamente está basada en hechos reales. Miles de personas refugiadas se hacinan en los alrededores de Atenas malviviendo en campos de refugiados o en la calle. Están olvidados por los gobiernos y maltratados por las autoridades desde hace años. Hombres, mujeres, ancianos y niños esperan una solución que no llega en unas condiciones de vida infrahumanas y con pocas perspectivas de futuro. Pequeñas asociaciones civiles como SOS REFUGIADOS trabajan incansablemente para asegurar diariamente un plato de comida decente a miles de personas refugiadas, y des de aquí quiero animaros a colaborar con ellos. Hacen un trabajo increíble, honesto y muy necesario. www.sosrefugiados.org

Solo el pueblo salva el pueblo.

Víctor Godino, miembro de la Brigada Stanbrook y de SOS Refugiados

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